miércoles, 26 de octubre de 2016

Hemos Leído/ David González/ Si te echan la mano al cuello encontrarán la soga (Los que viven conmigo. Cuaderno 3 /Ed. LeTour1987, 2016

ENCANTAMIENTO

     con mi frente ensimismada
     en el escaparate de una juguetería
     pienso en lo mucho que
     de ser padre
     me divertiría
     quitándoles los juguetes a mis hijos
     para jugar yo con ellos:

     la vida es
     una andanza
y   el tiempo
     un patio de recreo
y   mi existencia
     incluso en los peores momentos
     un cuarto de calderas
     en mitad de un campo de juegos
     minado:

    luego de unos minutos de ensoñación
    al darme la vuelta
    para regresar a la vida adulta
    soy testigo de cómo
    en la cera de enfrente
    el bronco e incisivo viento
    le arranca el sombrero negro
    a una de esas viejas damas
    de alcurnia y rancio abolengo
y  de cómo lo zarandea luego por la calle
    de charco en charco
    hasta que finalmente
    de un fuerte empujón lo empotra
    contra el bordillo de mi acera:

    entonces
    como si el viento y yo
    estuviéramos compinchados
    el sombrero se eleva en el aire
    da dos volteretas reverenciales
y  se posa con suavidad
    en mi mano siempre atenta,

    que no mucho después
    al entrar en una taberna
    tropieza con algo que
    al primer tacto
    ella
    mi mano
    la que me salió poeta
    percibe como el hocico rabioso
    de un enorme perro negro
y  en un acto reflejo
    se retira con rapidez
    por miedo a un inminente mordisco
    que sin embargo no se produce
    ya que en realidad
    el hocico rabioso
    del enorme perro negro
    no es más que el inofensivo
    mango de un paraguas:

    una cerveza más tarde
    de la que voy caminando por una céntrica
    aunque desolada calle peatonal
    la calle ancha de la cruz
    bóreas
   dios del viento y el invierno
    me sale al paso empuñando
    una silla de ruedas
    con la que pretende embestirme:

    pero aguanto la llegada
    de la silla de ruedas
y  la engaño
    con un rápido movimiento de cintura
    hurtándole el cuerpo:
                                       un quiebro
    perfecto

    antes de encontrarme
    con el mueble de mi baño
    en descansillo de la escalera:

    la puerta de casa
    abierta hasta a atrás del todo

y  dentro del cuarto de aseo
    de rodillas ante un boquete
    y un montón de escombros
    el albañil que
    justo cuando entro
y  lo pillo con las manos
    revolviendo entre los escombros
    que salvaban
    el peldaño del váter
    se da la vuelta
    como cogido en falta
y  alza su brazo
    con su mano de polvo
    que sujeta
    muda de asombro
    la copa de cristal
    con que parece querer
    brindar conmigo:

(de pronto comprendo que soy feliz:
jane kenyon:)


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